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Rompiendo el silencio

 

Buenos días, feliz viernes y muchas bendiciones. 

El Evangelio de hoy, Mateo 8: 1-4, es la historia de un hombre con lepra. Tan espantoso como la lepra en sí misma, el tratamiento que se le daba a la persona leprosa lo hacía dos veces más terrible. Los judíos llamaron a la lepra "el dedo de Dios", indicando que consideraban la enfermedad como un castigo directo de Dios. Lucas, con su habitual precisión profesional de médico, utiliza un término preciso para decir que el hombre que vino a Jesús estaba "lleno de lepra", lo que indica que la lepra estaba completamente avanzada y que son las últimas etapas. Su caso era grave, y probablemente había sido leproso durante mucho tiempo.

La persona leprosa era aislada. Ninguna enfermedad en el mundo antiguo aisló a una persona de la sociedad tanto como lo hizo la lepra. De hecho, la palabra "cuarentena" nos llega de la práctica de los judíos. En Italia, en el siglo XIV, la gente notó que, en tiempos de plaga, los judíos eran mucho menos golpeados que nadie. Llegaron a la conclusión de que era el resultado de la práctica judía de aislar como inmundo a cualquiera que hubiera tocado un cadáver. Por lo tanto, las autoridades italianas promulgaron una ley que aisló durante cuarenta días a cualquiera que tuviera contacto con un caso sospechoso de peste. Algo parecido a lo que estamos viviendo. 

La persona leprosa tenía que vestirse como un doliente que va a un servicio funerario, su propio servicio funerario. Tenía que llorar constantemente donde quiera que fuera y gritar: "soy inmund@, soy inmund@".

Pero también observe en esta historia que el leproso buscó ser limpiado no solo curado. Es significativo que el leproso no simplemente le diga a Jesús "Cúrame", sino que dice: "Hazme limpio". En la superficie, esas dos cosas pueden parecer lo mismo, pero no lo son. Como puede ver, es cierto que la enfermedad del leproso le había causado una gran angustia física, pero es su impureza lo que lo ha separado del pueblo de Dios. Una persona leprosa era excluida de los sacrificios, festivales religiosos y servicios de adoración. En muchos sentidos, solo estaba separad@ del pueblo de Dios, estaba separad@ de Dios. No es sorprendente entonces que uno de los impulsos más fuertes de este hombre fuera ser limpiado para poder adorar nuevamente con el pueblo de Dios. Este hombre quería adorar a Dios y Jesús le dio la capacidad de hacerlo.
 
Jesús le dijo severamente que no le contara a nadie sobre el milagro que acababa de realizarse. En cambio, debe ir al sacerdote y hacer la ofrenda prescrita por la ley. Pero el leproso desobedeció a Jesús y comenzó a decirles a todas las personas que Jesús lo había limpiado y sanado. Es fácil para nosotr@s ser críticos con el leproso curado por su fracaso al guardar silencio sobre lo que le sucedió. Sin embargo, en cierto nivel entendemos que él simplemente no podía guardar silencio. La alegría que sintió simplemente se desbordó.

Sin embargo, qué extraño es que, aunque comprendemos que Jesús nos ha ordenado lo contrario, que compartamos la limpieza que hemos experimentado, estamos desobedientemente en silencio. ¿Podríamos romper nuestro silencio hoy y decirles a otras personas que Jesús nos limpió?

Bendiciones

Padre Luis +

Date news: 
Thursday, June 25, 2020 - 21:45