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No hagamos llorar a Jesús

 

 

Buenos días, feliz jueves y muchas bendiciones. 

 

El Evangelio de hoy (Lucas 19: 41-44) nos dice que Jesús, cuando vio a Jerusalén mientras se acercaba, comenzó a derramar lágrimas y a pronunciar un futuro muy oscuro para su ciudad.

 

Para nosotr@s, l@s cristian@s, no existe un lugar exclusivamente santo, aunque ciertos lugares tienen un significado especial para nosotr@s. Pero, como nos recuerda Pablo, cada bautizad@ es un templo del Espíritu y debe actuar como tal y ser respetado como tal. “Dondequiera que estén dos o tres reunid@s en mi nombre, allí estoy yo en medio de ell@s”, dijo Jesús a sus discípul@s (Mateo 18:20).

 

Jesús lloró por su ciudad porque sintió un profundo dolor por su resistencia a la palabra de Dios, ya que presintió el desastre que pronto enfrentaría. Yo también puedo mirar a mi alrededor, a este país y al resto del mundo, y sentir pena por tanta indiferencia por la verdad y por lo que es correcto, por tanta corrupción y todo el sufrimiento que trae como consecuencia.

 

"Bienaventuradas las personas que lloran, ellas serán consoladas". Yo oro diciendo; Jesús, ayúdame a no acostumbrarme nunca al mal que me rodea, mantén mi corazón sensible al egoísmo y al abuso de poder que es la causa de tanto sufrimiento. Rezo especialmente para no cerrar nunca mi corazón a l@s migrantes en sus luchas.

 

A menudo vemos a Jesús lleno de anhelo por las personas que encuentra cuando l@s enferm@s y l@ pecador@s se presentan ante él y les invita a ver su plenitud ante Dios. Aquí, mira la ciudad de Jerusalén y ora por su población, deseando que pueda recibir lo que Dios está ofreciendo. Por otro lado, si considero cómo Jesús me mira, me doy cuenta de que anhela mi crecimiento, que abrace todas las posibilidades que Dios me ofrece cada día.

 

Las imágenes de amenaza y destrucción pueden acecharnos e inmovilizarnos si descuidamos ver que siempre hay una alternativa, una oferta de vida. Si estas palabras de Jesús parecen ser sombrías, las escucho nuevamente para notar lo que él anhela. La paz y el contentamiento son dos bendiciones que deseamos en la vida y cuando nos faltan, nos perturba mucho. Jesús también estaba perturbado y lloró por la futura destrucción de su amada Jerusalén. Nos ofrece una paz que el mundo no puede dar y que solo se puede encontrar en la amistad con él.

 

Sé lo que es cuando nuestras amistades no pueden ver lo que les conviene. Mientras escucho a Jesús anhelando Jerusalén, dejo que su mirada caiga amorosamente sobre mí.

 

 

Mi oración es mi práctica de buscar la perspectiva de Dios, una forma de escuchar la voz que de otra manera podría perder. Quizás pueda ver cómo he crecido, o cuánto menos se esconde a mis ojos.

 

Ahora les pregunto: ¿lloran por la situación que estamos atravesando actualmente aquí en Estados Unidos por la incertidumbre electoral que está provocando esta administración? ¿Jesús derramaría lágrimas? Por desesperanzador que parezca, ¿no podemos perder la acción de la fe para producir resultados de paz con justicia? No lo olvidemos, podemos traer el paraíso a la tierra, aquí y ahora.

 

Ahora bien, dejemos un punto muy claro; las injusticias que se producen en esta tierra hacen llorar a Jesús. Pero a la misma vez, mi apatía espiritual y quietismo social, también lo hacen llorar.  Por lo tanto, la creación de un mundo lleno de paz con justicia evitara que Jesús llore.

 

Bendiciones

 

Padre Luis +

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Jueves, Noviembre 19, 2020 - 12:30